Robert Louis Stevenson: aventura, dualidad y mar en la gran narrativa del siglo XIX

De La isla del tesoro a El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, un recorrido por las obras esenciales de Stevenson y su legado literario

Adelardo Mendez * Robert Louis Stevenson es uno de los grandes narradores del siglo XIX y autor de clásicos universales como La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. En esta reseña analizamos sus novelas de aventuras, sus relatos más inquietantes y su trilogía marítima, destacando los temas que atraviesan su obra: el código moral de los marginados, la ambigüedad del bien y el mal y la vigencia de un autor que sigue marcando la literatura contemporánea y que ha influido en muchos escritores posteriores.

Un escocés universal: vida, viajes y vocación literaria

Robert Louis Stevenson nació en Edimburgo en 1850 en el seno de una familia acomodada, pero su destino no fue la estabilidad burguesa sino el movimiento constante. Enfermo crónico desde joven, viajero por necesidad y por vocación, recorrió Europa, Estados Unidos y los mares del Sur hasta establecerse en Samoa, donde murió en 1894.

Ese desplazamiento físico fue también literario. Stevenson no se limitó a un solo registro: cultivó la novela histórica, el relato de aventuras, el cuento fantástico y el terror psicológico. Amigo y contemporáneo de escritores como Joseph Conrad o Rudyard Kipling, formó parte de una generación que convirtió la experiencia del viaje y la exploración moral en materia narrativa.

En su obra confluyen el mar, la aventura, la ambigüedad ética y la fascinación por los límites del bien y el mal. No fue autor de un único título inmortal: fue creador de varios clásicos que aún hoy sostienen su prestigio.

La isla del tesoro: el mito de la aventura moderna

La isla del tesoro, publicada en 1883, no solo consolidó a Robert Louis Stevenson como narrador, sino que redefinió la novela de aventuras. Desde su aparición fue un éxito inmediato y terminó convirtiéndose en uno de los grandes mitos literarios de la modernidad.

La historia de Jim Hawkins y su viaje en busca del tesoro no es únicamente un relato de piratas, mapas y motines. El gran acierto está en la perspectiva: todo sucede ante los ojos de un muchacho que aprende a leer el mundo adulto entre la traición y la lealtad.

Y en el centro de la novela emerge Long John Silver, uno de los personajes más complejos de la literatura de aventuras. No es un villano convencional: es ambicioso, calculador y peligroso, pero también capaz de lealtad cuando decide ejercerla. Stevenson introduce así una constante en su narrativa: incluso en el delincuente más brutal puede sobrevivir un código propio, una moral alternativa que no responde a las normas sociales, pero que tampoco es puro caos.

Por eso La isla del tesoro no es solo un clásico juvenil: es una obra que sigue funcionando porque convierte la aventura en un conflicto ético, en una prueba de carácter.

Jekyll y Hyde: la fractura moral del ser humano

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde es, probablemente, la obra más simbólica de Robert Louis Stevenson. Publicada en 1886, traslada el conflicto moral que ya latía en sus novelas de aventuras a un terreno más inquietante: el interior del ser humano.

Aquí no hay mares ni mapas del tesoro. Hay un experimento científico que pretende separar el bien del mal, aislar la parte oscura del individuo para que la bondad prevalezca. El resultado es el efecto inverso: emerge Mr. Hyde, encarnación pura de la violencia, la crueldad y la ausencia total de empatía.

La narración, construida desde la mirada de un tercero que va descubriendo los hechos progresivamente, refuerza el misterio hasta la revelación final. Stevenson convierte el desdoblamiento en metáfora universal: todos somos potencialmente Jekyll y Hyde.

Más que un relato fantástico, es una reflexión moral sobre la identidad, la represión y la fragilidad de la conciencia. Por eso ha trascendido la literatura y se ha convertido en símbolo cultural.

La trilogía del mar: delincuencia, degradación y último legado

En la etapa final de su vida, Robert Louis Stevenson regresa al mar, pero ya no con el fulgor mítico de La isla del tesoro, sino con una mirada más sombría. Junto a su hijastro Lloyd Osbourne escribe The Wrecker (conocida en español como Los traficantes de naufragios) y, poco después, The Ebb-Tide (Bajamar).

Aquí la aventura pierde inocencia. Los protagonistas ya no conservan la ambigüedad fascinante de Long John Silver, sino que se mueven en la rapiña, el engaño y la degradación moral. Son hombres que buscan fortuna por medios dudosos, que pactan, traicionan y sobreviven en un entorno donde el código ético es cada vez más frágil.

Si en las primeras novelas el delincuente aún conservaba un islote de lealtad, en estas obras ese reducto se resquebraja. El mar deja de ser escenario épico para convertirse en territorio de desgaste y desencanto.

Stevenson proyectó una tercera entrega que cerraría este ciclo marítimo, pero la muerte en Samoa impidió culminar esa trilogía. Bajamar quedó así como su último gran testamento narrativo: una obra que, sin alcanzar la luminosidad de sus clásicos anteriores, revela la evolución —y el oscurecimiento— de su mirada literaria.

Los cuentos: precisión, terror y pequeñas obras maestras

Si algo conviene reivindicar en la obra de Robert Louis Stevenson es su condición de extraordinario cuentista. Más allá de las grandes novelas, sus relatos breves contienen algunas de las piezas más intensas y perfectas de su producción.

En colecciones como las que reúnen El club de los suicidas o El diamante del rajá, Stevenson despliega tramas encadenadas donde el misterio y la ironía conviven con una arquitectura narrativa impecable. Y en textos como El ladrón de cadáveres alcanza un registro abiertamente inquietante: el terror no nace del sobresalto fácil, sino de la atmósfera, de la sugestión y de la ambigüedad moral.

Estos cuentos condensan muchas de sus obsesiones: la tentación del crimen, la fragilidad de la conciencia, el doble fondo de los personajes y la presencia constante del azar. Stevenson demuestra aquí una economía expresiva admirable: en pocas páginas construye mundos completos, tensos y memorables.

Si sus novelas lo consagraron como narrador universal, sus cuentos confirman su maestría técnica y su capacidad para inquietar sin artificio.

Stevenson hoy: el clásico que sigue respirando

Robert Louis Stevenson no es únicamente el autor de una novela inmortal ni el creador de un mito literario. Es un escritor que entendió que la aventura no es solo peripecia, sino prueba moral. Que el mal no es caricatura, sino tentación constante. Que el ser humano vive en una frontera inestable entre la lealtad y la traición.

La isla del tesoro sigue siendo insuperable en su género porque convierte el relato marítimo en aprendizaje ético. El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde permanece vigente porque simboliza una fractura interior que no ha dejado de acompañarnos. Sus cuentos, por su parte, demuestran que la brevedad puede contener intensidad y profundidad.

Releer a Stevenson no es un gesto nostálgico: es volver a la raíz del relato moderno. Allí donde la aventura, el misterio y la conciencia se entrelazan sin simplificaciones.

Y eso —hoy como ayer— sigue siendo literatura en estado puro.