Salva Ballesta: entre la disciplina del aire y el instinto del gol

Vocación militar, éxito goleador y la verdad incómoda del fútbol profesional

Enrique Sierra *(entrevista realizada en 2016) Antes de ser Pichichi en Primera División, campeón de Liga y delantero internacional, Salva Ballesta soñó con ingresar en la Academia General del Aire. Hijo y nieto de militares, creció entre hangares, jerarquías y disciplina, una formación que marcaría tanto su carácter como su forma de entender el fútbol. En esta conversación, el exdelantero del Sevilla, Racing de Santander, Atlético de Madrid, Valencia o Málaga reflexiona sobre su doble vocación —aviación y balón—, el individualismo oculto del deporte colectivo y las lecciones que aprendió dentro y fuera del campo.

La vocación que venía de casa

Antes de los estadios llenos y los goles decisivos, la vida de Salva Ballesta estaba marcada por otro horizonte. No el del área pequeña, sino el del cielo. Su vínculo con la aviación no surge como capricho tardío ni como afición adquirida, sino como una herencia casi inevitable. “Eso viene de pequeño, viene de tradición familiar”, explica con naturalidad. En su casa, el uniforme y la disciplina no eran metáforas: eran cotidianeidad.

Nieto e hijo de militares vinculados al Ejército del Aire, creció en un entorno donde la jerarquía y el sentido del deber formaban parte de la educación. No idealiza aquel mundo, pero tampoco lo reniega. “He nacido ahí, con sus pros y sus contras, su disciplina, su manera de criar… de la cual me siento muy orgulloso”, afirma, dejando claro que aquella formación dejó huella, incluso en los aspectos que hoy matiza.

Su sueño de adolescente no estaba en Primera División, sino en la Academia General del Aire. “Hasta que llegó el fútbol, mi objetivo era seguir estudiando y prepararme para entrar en la Academia”, recuerda. Era lo que conocía, lo que le atraía, lo que veía posible. Volar un caza, pilotar un aparato militar, formar parte de esa estructura que había mamado desde niño.

Cuando describe lo que significa formar parte de una patrulla acrobática, no habla en términos románticos, sino en clave de responsabilidad compartida. “Tienes que tener una confianza absoluta en el de al lado, sobre todo en el líder. Si el líder dice volvemos, volvemos. Tú estás quince minutos mirando al avión de al lado, ajustando. Eso te da unos valores que luego aplicas en la vida.” No es una metáfora: es un código.

El fútbol apareció después, casi como una desviación inesperada de ese rumbo inicial. Y, sin embargo, aquella educación marcial —el orden, el compromiso, la idea de grupo— terminaría impregnando también su manera de entender el césped..

El delantero que llegó tarde

Su relación con el balón no nació en una cantera ni bajo el foco de un ojeador precoz. Fue más rudimentaria, más de barrio. Salía de casa con la pelota bajo el brazo y llamaba a los amigos para improvisar partidos. Nada estructurado, nada planificado. De hecho, su disciplina federada no era el fútbol, sino el tenis. “Yo no jugaba al fútbol federado. Mi deporte serio en ese momento era el tenis”, admite.

El giro llegó casi por casualidad. Su profesor de tenis —hijo del mítico Campanal— le animó a probar en el Sevilla. Aceptó. Y lo que parecía una simple prueba terminó convirtiéndose en punto de inflexión. “Con 17 o 18 años empecé a jugar federado”, recuerda. Una edad que, en el ecosistema del fútbol profesional, suena tardía. Pero su progresión fue tan rápida como inesperada.

Del Sevilla Atlético pasó por el Écija y, poco después, el Racing de Santander se convirtió en el escenario de su eclosión. Allí firmó una temporada descomunal: 27 goles y el reconocimiento como máximo goleador de Primera División. No lo cuenta con épica impostada, sino con la naturalidad de quien sabe que aquello fue el resultado de una oportunidad bien aprovechada.

El salto a clubes mayores fue inmediato. Atlético de Madrid, Valencia —con título de Liga incluido—, experiencia en la Premier con el Bolton y una etapa especialmente brillante en Málaga. Su carrera acumuló cifras y camisetas ilustres, pero también decisiones que no siempre dependieron de él. Recuerda, por ejemplo, cómo en el Sevilla una apuesta técnica externa truncó su continuidad cuando apenas comenzaba a asentarse. “Sobre el jugador canterano el club tendría que decir mucho más”, desliza, sin rencor, pero con memoria.

Al mirar atrás, sintetiza una verdad incómoda que rompe el relato romántico del deporte colectivo: “El futbolista juega en colectivo, pero piensa en individual.” No es una crítica; es una constatación nacida de la experiencia. En el vestuario se compite junto a diez compañeros, pero la carrera profesional se construye en singular.

Y ahí aparece otro rasgo que lo define.

El león que no sabía esperar

Si hay una imagen que utiliza para definirse es la de un animal que no retrocede. “Yo siempre he tenido dentro un león que no le ha parado nadie”, dice. Y no lo formula como virtud absoluta, sino como rasgo que le ha traído también consecuencias. En su caso, el impulso de competir por encima del dolor fue una constante.

Admite que jugó lesionado en más de una ocasión, que forzó recuperaciones y que, a veces, esa decisión no partía solo de la presión externa, sino de su propio orgullo. “Muchas veces, sabiendo que estaba tocado, decía: tengo que jugar, tengo que jugar.” En otras, la sugerencia venía desde el banquillo. Y ahí es donde aparece la parte menos visible para el aficionado. “Luego nadie sale públicamente a decir: se ha lesionado porque yo le dije que jugara. Eso no pasa.”

No habla desde la queja, sino desde la experiencia. Con el tiempo, reconoce que volvería a actuar de otra manera. “Si volviera atrás, no lo haría. No haría nada por nadie que luego no lo reconozca.” Es una frase que desmitifica la épica del sacrificio permanente. El vestuario puede ser solidario, pero también es un espacio donde cada uno protege su trayectoria.

Esa tensión entre compromiso y autoprotección es una de las lecciones que extrae de su etapa como futbolista. “Hay momentos muy difíciles en la vida de un jugador en los que tienes que tener la cabeza muy centrada”, reflexiona. Porque la fama, el reconocimiento social y la facilidad con la que todo parece llegar pueden convertirse en tentaciones constantes. “El fútbol te pone muchas manzanas delante que no debes morder.”

Esa mirada crítica se extiende también al lugar que ocupa el deportista en la sociedad. “No entiendo cómo se reconoce tanto a un futbolista y no a alguien que haya descubierto algo realmente importante”, apunta, cuestionando la desproporción entre notoriedad y aportación social.

En su caso, el orgullo competitivo fue motor y lastre al mismo tiempo. Lo llevó a marcar goles decisivos, a ganarse el respeto de aficiones que valoraban su entrega, pero también a pagar peajes físicos que, con perspectiva, hoy habría gestionado de otro modo.

Del área al banquillo: otra forma de mandar

Cuando se realizó esta conversación que rescatamos ahora para el Baúl Pop de Retrologando, hace ya casi una década, Salva Ballesta estaba dando los primeros pasos en su transición natural: del césped al banquillo. No hablaba desde la teoría, sino desde la intuición de quien había vivido el vestuario desde dentro y sabía que entrenar no consistía solo en mover fichas sobre una pizarra.

Para él, el vestuario siempre fue el núcleo esencial del fútbol. “Esto es lo más genuino. Aquí es donde se sufre, donde uno se alegra, donde lo pasas bien y lo pasas mal”, decía al entrar en ese espacio íntimo donde, según su visión, todos los entrenadores ganan partidos antes de jugarlos. El fútbol, entendido desde ahí, no es táctica pura, sino gestión humana.

Su discurso como técnico emergente ya dejaba ver algunas claves: la importancia de la confianza, el compromiso real y la coherencia entre palabra y acto. La experiencia en la aviación —la figura del líder que decide si se vuelve o no se vuelve— aparecía de fondo como modelo de autoridad clara. Mandar no es gritar más, sino asumir responsabilidad.

También mostraba una visión despojada de ingenuidad. Después de años defendiendo situaciones que, según reconoce, le perjudicaron, su postura era más pragmática. “Volvería al fútbol, pero hay cosas que no haría igual”, insinuaba. Esa afirmación, trasladada al banquillo, se traduce en una idea sencilla: el entrenador no puede perderse en gestos románticos si quiere sostener un proyecto.

Con el paso del tiempo, su currículo como técnico ha ido creciendo, ampliando experiencias y contextos, y aquella intuición inicial se ha convertido en recorrido profesional. La mirada que entonces anticipaba ya estaba marcada por dos convicciones: el fútbol es colectivo en el campo, pero profundamente individual en la gestión de carreras; y la autoridad verdadera nace del ejemplo, no del cargo.

Hoy, visto con perspectiva, aquella conversación capta el momento de transición: el goleador que empieza a comprender el juego desde fuera del área. Un cambio de plano que no altera su esencia competitiva, pero sí amplía su enfoque. Si como jugador fue “un león” que no sabía esperar, como entrenador parece haber aprendido que a veces el liderazgo exige algo distinto: paciencia, distancia y memoria.

Entre el cielo y el césped

Hay algo que une el ruido de un motor radial con el golpe seco de un balón bien conectado. En ambos casos, el instante exige decisión. No hay espacio para la duda cuando el avión encara la maniobra ni cuando el delantero mide el segundo exacto para atacar el área. En la vida de Salva Ballesta, esas dos coordenadas —aire y hierba— no compiten: se explican.

En el cielo aprendió que la confianza en el líder puede ser cuestión de regreso o de riesgo. En el fútbol comprobó que el liderazgo también se pone a prueba cuando el entorno aplaude o calla. Arriba, la formación exige mirar al compañero sin perder la referencia del conjunto. Abajo, el vestuario enseña que el colectivo solo funciona si cada uno asume su responsabilidad.

Quizá por eso su trayectoria no puede entenderse solo como la del goleador que fue Pichichi, campeón de Liga o internacional. Tampoco únicamente como la del técnico que decidió sentarse en el banquillo para ordenar lo que antes ejecutaba. Es, en el fondo, la historia de alguien que creció entre jerarquías militares y terminó gestionando la incertidumbre del fútbol profesional.

Entre el cielo y el césped hay una misma exigencia: saber cuándo acelerar y cuándo regresar. Saber que la pasión impulsa, pero que la experiencia corrige. Y entender que, tanto en el aire como en el área, lo decisivo no es el ruido exterior, sino la claridad con la que uno asume el mando de su propia trayectoria.