No me dejes así (ecos de un pasado incierto): el más reciente texto teatral de Adelardo Méndez
Una obra que dialoga con la ciencia ficción, el teatro documental y la fábula filosófica sin someterse por completo a ninguno de esos territorios mencionados
Sobre el autor y su obra
En el panorama del teatro español contemporáneo, la escritura de Adelardo Méndez Moya se distingue por una constante interrogación sobre la memoria, el tiempo y la responsabilidad ética del arte escénico. Su texto No me dejes así (ecos de un pasado incierto), publicado por Éride Ediciones dentro de la colección VdB Nuevo Teatro, no solo confirma esas inquietudes: las proyecta hacia un horizonte distópico que convierte al espectador en arqueólogo del siglo XXI.
En la trayectoria de Adelardo, esta obra puede leerse como continuidad y profundización. Su interés por el pensamiento crítico, por la dimensión ética del teatro y por la investigación escénica encuentra aquí una formulación madura.
No estamos ante un drama de acción vertiginosa, sino ante un teatro de ideas que no renuncia a la emoción. La especulación futurista no es evasión, sino espejo deformante del presente. Desde el siglo XXX, el autor nos obliga a contemplarnos con la distancia que solo la ficción permite.
Una obra teatral gamberra, golfa, sarcástica... aunque con un fondo de empatía y sentimientos positivos. NO ME DEJES ASÍ nos ofrece las andanzas y desventuras, las opiniones y pareceres de dos tipos un tanto asociales, pertenecientes al lumpen y al eventual choriceo de medio pelo. Todo en tono de humor, de cachondeo, de ironía...
Un hallazgo del siglo XXX
Enrique Sierra 12/02/26
La premisa es tan sencilla como inquietante: en el siglo XXX aparecen una serie de discos numerados que contienen fragmentos del pasado —nuestro presente— y permiten reconstruir, de manera parcial y problemática, la vida en el siglo XXI.
No se trata de una reconstrucción lineal ni objetiva. La información es fragmentaria, incompleta, y en su discontinuidad emerge una pregunta central: ¿qué queda realmente de nosotros cuando el tiempo nos convierte en vestigio?
La estructura dramática adopta esta misma lógica. Cada “disco” funciona como detonante escénico, como cápsula temporal que abre una grieta narrativa. El pasado no se ofrece como totalidad sino como eco, como resonancia incierta. Y ahí radica la fuerza poética del texto: en la conciencia de que toda memoria es ya interpretación.
Fragmentación como poética
La fragmentación no es un recurso formal caprichoso. Es la metáfora estructural de la obra.
Al romper la continuidad temporal, Méndez Moya desestabiliza la idea de historia como relato cerrado. El espectador —o lector— debe recomponer el sentido a partir de piezas dispersas. Este gesto sitúa la obra en un territorio donde el teatro deja de ser mera representación para convertirse en ejercicio crítico.
La discontinuidad escénica refleja una preocupación contemporánea: vivimos rodeados de archivos, registros digitales, huellas tecnológicas. Pero esa acumulación no garantiza comprensión. En la obra, los documentos hallados no esclarecen del todo el pasado; lo vuelven más enigmático.
Así, la pieza se instala en una tensión constante entre conocimiento y pérdida, entre registro y olvido.
Personajes como síntoma
Aunque la obra articula su discurso a través de personajes concretos, estos trascienden la dimensión individual. Funcionan como portadores de una experiencia generacional y cultural. No son meros sujetos psicológicos; son signos de una época.
El siglo XXI aparece retratado no desde el juicio moral sino desde la extrañeza futura. Aquello que hoy consideramos cotidiano —nuestros afectos, nuestros conflictos, nuestras contradicciones— se convierte en material de estudio para un tiempo lejano.
El título mismo, No me dejes así, introduce una dimensión íntima que contrasta con el marco histórico amplio. Hay en él una súplica, un gesto humano mínimo que resiste incluso cuando todo lo demás se descompone en archivo. Esa tensión entre lo íntimo y lo histórico vertebra el conflicto dramático.
Memoria, documento y verdad
Uno de los ejes más sugestivos del texto es su reflexión sobre la verdad. ¿Puede el documento garantizarla? ¿Puede la acumulación de datos reconstruir una experiencia?
La obra sugiere que no. O, al menos, que no completamente. El pasado, cuando se examina desde la distancia, se convierte en un territorio de interpretación. Cada fragmento hallado es una pista, pero también una trampa.
Este planteamiento dialoga con nuestra propia época, marcada por la sobreinformación y la fragilidad de los relatos colectivos. La pieza parece advertir que el problema no es la ausencia de memoria, sino su exceso desarticulado.
El eco que nos interpela
No me dejes así (ecos de un pasado incierto) no propone respuestas cerradas. Propone preguntas. Y en ese gesto reside su potencia.
El teatro, en esta obra, se convierte en dispositivo de memoria crítica. No busca fijar una verdad, sino activar una conciencia. El espectador no asiste a la reconstrucción de un pasado remoto: asiste a la revelación de su propia fragilidad histórica.
Quizá esa sea la lección más inquietante del texto: algún día seremos fragmento. Y dependeremos de la mirada futura para ser comprendidos —o malinterpretados—.
Mientras tanto, la escena nos ofrece la posibilidad de pensar ese destino. Y de hacerlo, paradójicamente, desde la emoción viva del presente.









