Los Payasos de la Tele: la revolución del circo clásico en el salón de casa
Gaby, Fofó y Miliki —y después Fofito— cambiaron para siempre el humor infantil en España y América con talento, música y una inteligencia escénica fuera de lo común
Adelardo Méndez * Los Payasos de la Tele fueron mucho más que un fenómeno televisivo de los años setenta: representaron una auténtica revolución cultural. Desde sus inicios en el circo hasta su explosión en TVE en 1972, Gaby Aragón, Fofó y Miliki redefinieron el humor, la música y la relación con el público infantil, marcando a varias generaciones en España e Hispanoamérica.


Un talento de familia
Si algo definía a la familia Aragón era una capacidad de trabajo extraordinaria y una inteligencia artística fuera de lo común. No eran simplemente payasos televisivos: eran hombres de circo en el sentido más completo del término.
Gaby Aragón, el mayor, ejercía de “clown blanco”: el aparentemente serio, el que imponía orden, el que intentaba poner lógica al disparate.
Fofó era el augusto por excelencia: el más disparatado, el solista de tantas canciones inolvidables.
Miliki encarnaba al contra-augusto: el bonachón, el que sufría las trampas de Gaby y terminaba rebelándose.
Después llegarían Fofito y otros miembros de la saga, pero el corazón creativo fue siempre aquel trío original.
Y lo revolucionario empezó por la imagen: prescindieron del maquillaje clásico de circo. Nada de caras blancas con lagrimones pintados. Pelucas, narices y vestuario reconocible, sí; pero rostros humanos. Esa cercanía fue clave para generar empatía inmediata con el público infantil.


Del Circo Price a América y vuelta a España
Su trayectoria comenzó en 1939 en el Circo Price. En 1946 marcharon a América y allí desarrollaron una carrera espectacular en Cuba, Puerto Rico, Argentina o Estados Unidos.
En 1949 llevaron el circo a la televisión cubana: un movimiento visionario. Entendieron antes que nadie el potencial del nuevo medio.
En 1972 regresaron a España contratados por Televisión Española para sustituir a Los Chiripitifláuticos. Desde el primer día fue un éxito arrollador. El célebre saludo —“¿Cómo están ustedes?”— se convirtió en ritual colectivo.
La estructura perfecta del programa
El esquema era aparentemente sencillo, pero de una eficacia milimétrica:
Saludo inicial e interacción con el público.
Gag breve en directo.
Número musical.
Actuación invitada (malabaristas, equilibristas…).
“La aventura”: sketch teatral grabado.
Canción final como colofón.
Todo estaba medido. Las canciones tenían su propia liturgia: introducción instrumental, pequeño baile cruzando brazos y piernas, micro colgado al cuello, repetición del estribillo hasta el delirio infantil… y sombrero fuera para indicar el final.
Canciones como Hola Don Pepito, Susanita tiene un ratón, Mi barba tiene tres pelos o La gallina Turuleca —esta última adaptada magistralmente por Miliki— se integraron en la memoria colectiva.
Mucho más que payasos: músicos y dramaturgos
Miliki fue un compositor y arreglista de primer nivel. Gaby tocaba múltiples instrumentos (saxofón, clarinete, violín…). Llegaron a hacer números musicales a cuatro manos con guitarras y violines. Incluso convertían sierras, sartenes o tubos en instrumentos escénicos.
Pero además eran autores de sus propios sketches. Las “aventuras” tenían planteamiento, nudo y desenlace. Rompían la cuarta pared, jugaban con la complicidad del espectador y manejaban el ritmo con una precisión admirable.
Había influencia evidente del slapstick clásico: ecos de Charlie Chaplin, Buster Keaton o Stan Laurel y Oliver Hardy. Humor físico, absurdo controlado, sorpresa constante.
Cine, discos y legado cultural
Rodaron ocho largometrajes, como Había una vez un circo. Publicaron más de veinte discos. Tuvieron tebeos propios. Crearon un universo expandido mucho antes de que se hablase de “franquicias”.
Incluso figuras secundarias como Fernando Chinarro quedaron asociadas para siempre a su universo.
Y después, Miliki continuó ampliando el legado con revisiones musicales, espectáculos, libros y proyectos audiovisuales que hicieron que aquellas canciones cruzaran generaciones.
Una experiencia personal
Tuve la fortuna de verlos actuar en directo en Málaga, en los años setenta. Recuerdo el pabellón, la emoción colectiva, y aquel instante en que logré estrechar la mano de Gaby. Para un niño, aquello era tocar una estrella.
Eso explica parte del fenómeno: sabían trasladar el circo a la televisión sin perder la magia del directo.
La conmoción por la muerte de Fofó
El fallecimiento de Fofó en 1976 fue un auténtico trauma colectivo. Para muchos niños de la época —yo entre ellos— fue la primera experiencia de duelo público.
Aquello demostró hasta qué punto habían trascendido la pantalla: eran parte de la familia.
Revolucionarios sin estridencias
No eran estridentes. No necesitaban artificios. Su humor era blanco pero inteligente. Infantil pero nunca simplón. Había cultura musical, dominio técnico, conocimiento del ritmo escénico y una ética del trabajo admirable.
Miliki lo dejó escrito en sus memorias y en novelas como Pájaros de papel: detrás del brillo hubo sacrificio, itinerancia y dificultades.
Una generación marcada
Los Payasos de la Tele no fueron un simple programa infantil. Fueron una revolución silenciosa. Transformaron la figura del payaso, integraron circo, música y teatro en televisión y marcaron, como mínimo, a dos generaciones.
Y eso, en el terreno de la cultura popular, es alcanzar la categoría de clásico.
Porque cuando hoy suena aquel “¿Cómo están ustedes?”, todavía sabemos la respuesta.





