El día de los enamorados (1959): la comedia romántica que retrató el amor en la España de posguerra
Un mosaico sentimental dirigido por Fernando Palacios que convirtió San Valentín en espejo de toda una generación


Samantha Bird - 14/02/26
En 1959, el cine español encontró en El día de los enamorados una fórmula tan ligera como reveladora: varias historias cruzadas ambientadas en Madrid durante el 14 de febrero para retratar el amor, las aspiraciones y las contradicciones de la sociedad de la época. Dirigida por Fernando Palacios y protagonizada por Concha Velasco y Tony Leblanc, esta comedia romántica coral se convirtió en uno de los títulos más representativos del cine popular español de finales de los cincuenta, combinando humor costumbrista, ternura y un sutil retrato social.
Amor en clave costumbrista
Si algo define a El día de los enamorados es su estructura coral, una fórmula que permite retratar distintas formas de entender el amor dentro de una misma ciudad y en un mismo día. Madrid se convierte en escenario y personaje: oficinas, cafés, bancos de parque y escaparates sirven de telón de fondo para historias que oscilan entre la ilusión juvenil y la resignación adulta.
La película articula pequeñas viñetas sentimentales que funcionan casi como estampas urbanas. Hay noviazgos que buscan formalizarse, matrimonios que sobreviven a la rutina y encuentros marcados por el azar. El tono es ligero, incluso amable, pero bajo esa apariencia se percibe una mirada observadora sobre las dinámicas sociales de la España de finales de los cincuenta.
El guion apuesta por situaciones reconocibles para el espectador de la época: la presión económica, la importancia del matrimonio como meta social y la expectativa romántica asociada al 14 de febrero. No se trata de grandes pasiones trágicas, sino de afectos cotidianos, de gestos mínimos y silencios significativos.
Ese enfoque costumbrista es, precisamente, lo que hoy convierte la película en una pieza de valor histórico además de cinematográfico. Más allá de su vocación de entretenimiento, funciona como una instantánea sentimental de una generación que comenzaba a asomarse tímidamente a la modernidad sin abandonar del todo las convenciones tradicionales.
Romanticismo bajo el franquismo: contexto histórico y social
Estrenada en 1959, El día de los enamorados llega en un momento de transición para España. El país aún vive bajo la dictadura de Franco, pero comienza a percibirse un cambio de ciclo. Ese mismo año se aprueba el Plan de Estabilización, que abre la puerta al desarrollismo de los años sesenta y a una progresiva modernización económica. La sociedad urbana empieza a transformarse, aunque las estructuras morales permanecen firmemente ancladas en valores tradicionales.
El amor, tal como lo muestra la película, no puede desligarse de ese contexto. El noviazgo es formal, supervisado y orientado casi inevitablemente hacia el matrimonio. Las relaciones están atravesadas por la moral católica dominante y por una clara división de roles: el hombre como proveedor, la mujer como aspirante a esposa y madre. En ese sentido, la cinta no cuestiona el modelo, pero sí lo retrata con una naturalidad que hoy permite leer entre líneas.
Madrid aparece como símbolo de modernidad incipiente: coches nuevos, escaparates más sofisticados, oficinas dinámicas. Sin embargo, bajo esa superficie urbana laten inseguridades económicas, aspiraciones sociales y cierta presión por “cumplir” con el ideal romántico establecido. El 14 de febrero funciona como catalizador dramático: una fecha que promete felicidad pero que también evidencia desigualdades y frustraciones.
En términos cinematográficos, el film se inscribe en la tradición de la comedia española de finales de los cincuenta: producciones pensadas para el gran público, con tono ligero y mensajes compatibles con la censura. La estrategia no era confrontar, sino sugerir. Y ahí radica uno de los valores de la película: en su aparente sencillez se filtra un retrato bastante fiel de las tensiones entre tradición y modernidad.
Vista hoy, la obra funciona como documento sociológico además de entretenimiento. No solo habla de amor; habla de cómo se debía amar en la España de 1959.
Puesta en escena: la eficacia de la sencillez
La dirección de Fernando Palacios apuesta por la claridad narrativa y la fluidez antes que por el virtuosismo formal. En El día de los enamorados, la puesta en escena está al servicio de las historias: encuadres clásicos, planificación funcional y un montaje ágil que permite alternar las distintas tramas sin perder ritmo ni coherencia.
Palacios demuestra un notable control del tempo en la estructura coral. Las transiciones entre historias son naturales, casi invisibles, y refuerzan la sensación de simultaneidad urbana. No hay rupturas estilísticas ni experimentación visual; el objetivo es que el espectador se identifique con los personajes y sus situaciones sin distracciones formales.
La ambientación madrileña cumple un papel esencial. Calles, oficinas, portales y parques están filmados con sobriedad, pero transmiten autenticidad. La ciudad no es un decorado idealizado, sino un entorno reconocible que refuerza el tono costumbrista. Esa naturalidad visual contribuye a que las historias parezcan cercanas, casi domésticas.
En cuanto a la dirección de actores, el equilibrio es clave. Palacios modula las interpretaciones para que la comedia no derive en caricatura. El humor surge de las situaciones más que del exceso gestual, algo especialmente visible en los momentos protagonizados por Tony Leblanc, cuya vis cómica se mantiene contenida dentro del tono general. Por su parte, Concha Velasco aporta frescura y espontaneidad, encarnando un ideal romántico juvenil que conecta con el espíritu de la época.
La fotografía en blanco y negro, lejos de limitar, potencia la atmósfera. Refuerza el contraste entre lo íntimo y lo urbano, entre la ilusión y la rutina. No busca estilización poética, sino claridad visual y coherencia tonal.
En definitiva, la dirección de Palacios responde a una lógica industrial eficaz: cine pensado para el gran público, técnicamente sólido y emocionalmente accesible. Una puesta en escena sin alardes, pero perfectamente ajustada al retrato sentimental que propone la película.
El reparto: química coral y comedia de tipos
En una película construida como mosaico —cuatro parejas, una ciudad y un mismo día— el reparto es el auténtico motor. El día de los enamorados juega a contraponer perfiles: romanticismo juvenil, pragmatismo cotidiano, aspiraciones sociales y ese humor urbano que funciona a base de pequeños roces y malentendidos.
Tony Leblanc sostiene buena parte de la veta popular: su gracia nace del gesto y del comentario oportuno, más que del chiste subrayado. Interpreta a un hombre común, reconocible, atrapado entre lo que “debería” sentir en San Valentín y lo que la vida (y el bolsillo) le deja hacer.
Concha Velasco aporta frescura y ligereza, clave para que el film no se vuelva cínico. Su interpretación tiene ritmo y verdad: ilusionada sin empalagar, vulnerable sin dramatizar. Es, además, el punto de conexión más directo con el público joven de la época.
En el plano más “fantástico” y elegante, Jorge Rigaud encarna a San Valentín, una figura que permite enlazar historias y dar al conjunto un tono de fábula amable. Su presencia funciona como bisagra narrativa: más que un personaje realista, es un catalizador que empuja a los demás a mirarse de frente.
Katia Loritz, Ángel Aranda, Mabel Karr, Manuel Monroy y María Mahor completan el abanico de parejas y matices: del romance con aspiraciones al enredo sentimental con lectura social, con interpretaciones ajustadas al tono de comedia costumbrista, sin excesos y con una clara vocación de retrato colectivo.




